La toponimia la podríamos definir como una ciencia apasionante y profundamente inexacta. Rara vez es sencillo averiguar el verdadero origen del nombre de una cima pirenaica. Entre documentos medievales, cartografía antigua, tradiciones orales y lenguas que han ido superponiéndose durante siglos, es fácil caer en interpretaciones forzadas o en etimologías demasiado bonitas para ser ciertas.
Además, muchas montañas han recibido distintos nombres según el valle desde el que se miren. No es extraño, en los Pirineos conviven y han convivido durante siglos el castellano, el francés, el aragonés, el catalán, el occitano y el euskera; junto a restos de lenguas mucho más antiguas, anteriores incluso a la romanización. Cada una ha dejado su huella en el mapa. Por eso la toponimia pirenaica no es un diccionario cerrado, sino un territorio lleno de matices, dudas y, en muchos casos, auténtico misterio.
Aneto
Cumbre mítica. Con sus 3.404 metros de altitud, es el techo de los Pirineos. Su denominación oficial es hoy Tuca d’Aneto, forma tradicional en aragonés adoptada por el Gobierno de Aragón.
Durante mucho tiempo se dio por hecho que el nombre de la montaña procedía del cercano pueblo de Aneto, situado a unos 11 kilómetros en línea recta, en la orilla derecha del río Noguera Ribagorzana, divisoria natural entre Aragón y Cataluña. Sin embargo, la investigación actual es más prudente: lo más probable es que pueblo y montaña compartan una raíz anterior común, posiblemente prerromana, en lugar de que uno derive directamente del otro. Como ocurre con tantos grandes orónimos pirenaicos, su origen último sigue sin estar completamente claro.
En 1817 el topógrafo francés Henry Reboul confirmó que aquella cima era la más elevada de la cordillera, título que hasta entonces se atribuía a la Maladeta y, anteriormente, al Monte Perdido. En la cartografía francesa del siglo XVIII ya aparecía como Néthou, una adaptación fonética del nombre local. No fue tanto un “bautizo” como una transcripción imperfecta, que dio lugar a variantes como Nelto, Nettou, Anetthou o Nethom.
Curiosamente, el propio Reboul recogía que en el valle de Barrabés la montaña era conocida como Malaïta. De hecho, en documentos anteriores al siglo XVIII aparecen formas como Malahitta, Malhitta, Malaía o Maleïda. Un ejemplo temprano lo encontramos en la Crónica universal del Principat de Catalunya (1609) de Jeroni Pujades. El nombre “Aneto” no se documenta de forma clara hasta 1878, en las Memorias de la Comisión del Mapa Geológico de España de Lucas Mallada.
La primera ascensión documentada tuvo lugar en 1842. El ruso Platón de Tchihatcheff y el francés Albert de Franqueville, acompañados por guías locales, alcanzaron la cima tras una larga aproximación y se toparon con la afilada arista final que hoy todos conocemos. Fue Tchihatcheff quien comparó aquel paso con el puente descrito en el Corán, “más fino que el filo de un sable”, que solo los justos pueden cruzar para alcanzar el paraíso. Desde entonces, esa arista lleva el nombre de Paso de Mahoma.
A finales del siglo XIX, el Aneto también entró en la literatura. El poeta catalán Jacint Verdaguer, gran enamorado del Pirineo, lo evocó en su obra como uno de los gigantes de la cordillera, contribuyendo a reforzar esa imagen romántica y casi legendaria que aún hoy acompaña a la montaña.
Un nombre antiguo, múltiples variantes y una cima que, más de dos siglos después, sigue reinando sobre los Pirineos.
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Posets o Llardana
La Llardana, más conocida como Posets, es con sus 3.369 metros de altitud la segunda cima más alta de los Pirineos.
Desde el valle de Chistau se documenta tradicionalmente como Pico de los Posets o Pocets. Una de las teorías más extendidas lo relaciona con pocets (pozos en aragonés), quizá en alusión a pequeñas cubetas, depresiones o ibones de altura. También se ha propuesto su vínculo con las “posetas”, rellanos o descansos pastoriles en las laderas de la montaña. Ninguna de estas explicaciones es concluyente, pero ambas encajan con la realidad del terreno y el uso tradicional del espacio.
Sin embargo, desde los valles más orientales, la montaña ha sido conocida como Llardana, nombre que muchos interpretan como “quemada”, por las tonalidades ocres y rojizas que tiñen sus laderas al atardecer. No obstante, desde el punto de vista filológico, esta traducción no está del todo asegurada. Algunos estudios apuntan a un posible origen prerromano o prelatino, lo que añadiría a la montaña una antigüedad toponímica mucho mayor de la que aparenta.
Monte Perdido
Durante décadas el Monte Perdido, con sus 3.355 metros, fue considerado la máxima elevación de los Pirineos, hasta que las mediciones del siglo XIX confirmaron que el Aneto lo superaba en altura.
El nombre procede del francés Mont Perdu, ya documentado en el siglo XVIII, antes incluso de su ascensión. Aunque suele atribuirse a la expedición de Louis Ramond de Carbonnières, lo cierto es que la denominación ya circulaba en el ámbito francés. Para los naturalistas del norte, aquella cima quedaba parcialmente oculta tras la muralla de Gavarnie y el macizo de Marboré, apareciendo como una montaña aislada, poco evidente en el horizonte: un “mont perdu”, una montaña perdida.
En la vertiente aragonesa, sin embargo, la perspectiva cambia por completo. Desde buena parte del Sobrarbe se distinguen claramente las tres grandes cumbres del macizo: Monte Perdido, el Cilindro y el Soum de Ramond. En la tradición toponímica aragonesa este conjunto es conocido como As Tres Serols.
La interpretación popular traduce el nombre como “Las Tres Sorores” o “Las Tres Hermanas”, y así ha pasado al castellano en numerosas publicaciones. Sin embargo, desde el punto de vista filológico, el significado exacto de “Serols” no está del todo claro. Podría tratarse de una forma antigua con evolución fonética posterior, y no necesariamente de un término directamente relacionado con “hermanas”.
En los últimos años se ha propuesto recuperar oficialmente la forma tradicional aragonesa Treserols, aunque la denominación más extendida y reconocida sigue siendo Monte Perdido.
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Maladeta
Con sus 3.308 metros, la Maladeta también fue considerada durante un tiempo la cumbre más alta de los Pirineos. Pero cuando se afinó la cartografía, el Aneto terminó imponiéndose.
En 1816, el naturalista báltico Friedrich von Parrot y el guía luchonés Pierre Barrau alcanzaron su cima. Desde allí observaron otra montaña cercana que parecía ligeramente superior. Era el Aneto. Aquel momento marcó el inicio de la carrera por conquistar el verdadero techo de la cordillera.
La etimología de Maladeta ha dado pie a muchas interpretaciones. Durante años se propuso que procedía de “Mala-eta” o “Mala-ita” con el significado de “montaña más alta”, pero esta hipótesis hoy no se considera sólida desde el punto de vista filológico. Tampoco hay base clara para una supuesta “italianización” en Maladette que significaría “maldita”.
La explicación más aceptada actualmente es mucho más sencilla: derivaría del romance “mala”, aludiendo a una montaña peligrosa, inhóspita o poco aprovechable para el pastoreo. En definitiva, una “mala” montaña.
Y lo cierto es que el nombre terminó encajando con su historia. En 1824, una grieta del glaciar se tragó al propio Pierre Barrau. Su cuerpo no apareció hasta 1931, más de un siglo después. El suceso alimentó la leyenda negra del macizo y reforzó la idea de montaña hostil y temida.
Hoy hablamos del macizo de la Maladeta para referirnos al conjunto que incluye al Aneto y otras grandes cumbres del entorno. Pero el nombre, lejos de significar “la más alta”, parece recordarnos algo mucho más humano: el respeto que siempre inspiraron estas montañas antes de convertirse en destino habitual de alpinistas.
Perdiguero
Con sus 3.221 metros de altitud, el Perdiguero domina con elegancia el valle de Estós y la frontera con Francia.
Sobre el origen de su nombre se manejan dos hipótesis principales. La primera lo relaciona con la perdiz, quizá en alusión a la antigua presencia de perdiz nival en sus laderas altas. Es una explicación sugerente, pero no especialmente sólida desde el punto de vista lingüístico.
La segunda, y hoy considerada más probable, apunta a una evolución desde "pedriguero": lugar pedregoso, abundante en piedras. Y cualquiera que haya recorrido sus crestas y canchales entenderá que la descripción encaja a la perfección. Tantas son las piedras de esta montaña que hay quien dice, exagerando (se supone), que “piedra a piedra podría desmontarse por completo y quedar reducida a la nada”.
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Vignemale (Pique Longue)
Con sus 3.298 metros, el Vignemale es el punto culminante del Pirineo francés y uno de los grandes gigantes de la vertiente norte.
Su nombre ha sido tradicionalmente interpretado como derivado del gascón, a veces relacionado con “viña mala” o terreno abrupto. Sin embargo, como ocurre con tantos topónimos pirenaicos, la explicación no es del todo segura. La forma actual podría ser el resultado de varias adaptaciones sucesivas en lengua occitana y francesa, sobre una raíz más antigua.
La cima principal recibe el nombre de Pique Longue, literalmente “pica larga”, una descripción puramente morfológica que alude a su estilizada arista cimera.
En esta zona la influencia gascona es evidente. La vertiente norte del Pirineo conserva una fuerte impronta lingüística occitana, visible no solo en Vignemale, sino en numerosos nombres del entorno. Aquí la toponimia no solo describe el paisaje: también nos recuerda que durante siglos esta fue tierra de pastores y montañeses que hablaban una lengua distinta a la del otro lado de la divisoria.
Balaitús
Uno de los nombres más discutidos del Pirineo. Con sus 3.144 metros, el Balaitús se alza aislado y contundente sobre los valles de Respomuso y Arrens.
Tradicionalmente se ha interpretado su nombre como derivado del gascón “val laitós”, algo así como “valle lechoso” o “valle blanquecino”, quizá en alusión a neveros persistentes o a la tonalidad clara de sus laderas. Sin embargo, esta explicación no está plenamente confirmada y, como ocurre con otros grandes orónimos pirenaicos, podría ocultar una raíz más antigua, anterior incluso a la romanización.
Lo que sí resulta indiscutible es su carácter. Su silueta abrupta, sus aristas aéreas y su posición relativamente aislada lo convierten en una de las montañas más alpinas de toda la cordillera.
Pica d’Estats
Con sus 3.143 metros, la Pica d’Estats es el techo de Cataluña y una de las grandes cumbres fronterizas del Pirineo.
Su nombre es relativamente transparente. “Pica” alude a una punta aguda o afilada, descripción bastante ajustada a su silueta. El término “d’Estats” hace referencia a los antiguos “estados” o territorios que separaba la montaña, históricamente vinculados a la frontera entre la Corona de Aragón y el Reino de Francia.
Nos encontramos, por tanto, ante un topónimo que combina forma y función: describe la montaña y al mismo tiempo subraya su carácter fronterizo. A diferencia de otros grandes nombres pirenaicos de origen incierto, aquí la etimología resulta bastante clara.
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Midi d’Ossau
Con sus 2.884 metros, el Midi d’Ossau es, probablemente, uno de los perfiles más reconocibles de toda la cordillera.
En el Pirineo francés es frecuente encontrar montañas que llevan el nombre de Midi. La palabra significa “mediodía” en francés, pero en toponimia suele aludir a su posición al sur respecto a una población concreta o al momento en que el sol culmina sobre la cima. En muchos casos, estas montañas actuaban como referencia horaria natural para los habitantes del valle.
El Midi d’Ossau, además, tiene una particularidad geológica que lo distingue: es el resto erosionado de un antiguo volcán. Su silueta inconfundible, visible desde kilómetros de distancia, lo ha convertido en uno de los iconos del Pirineo occidental.
Canigó
Con sus 2.784 metros, el Canigó no es de las montañas más altas de la cordillera, pero sí una de las más simbólicas.
Su nombre tiene un origen incierto y probablemente prerromano, aunque no existe consenso definitivo sobre su significado. Como ocurre con otros grandes orónimos del Pirineo oriental, podría conservar una raíz muy anterior a la romanización.
Más allá de la lingüística, el Canigó ocupa un lugar central en el imaginario cultural catalán. El poeta Jacint Verdaguer lo convirtió en símbolo en su obra Canigó (1886), reforzando su dimensión mítica. Desde entonces, la montaña no es solo un relieve geográfico, sino también un referente cultural e identitario.
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Topónimos relacionados con el color
En el Pirineo abundan los nombres que hacen referencia directa al color. Son, probablemente, los más transparentes desde el punto de vista etimológico: describen lo que el ojo ve.
Encontramos ejemplos como Pico Royo o Tucarroya, donde el término “royo/roya” alude a tonalidades rojizas, muy habituales en determinadas litologías o especialmente visibles al amanecer y al atardecer. Del mismo modo, Garmo Negro o Sierra Negra hacen referencia a laderas oscuras, ya sea por el tipo de roca, la orientación sombría o la ausencia de vegetación.
En contraste, nombres como Garmo Blanco o Tuca Blanca suelen vincularse a cumbres que conservan neveros persistentes o presentan rocas claras que reflejan intensamente la luz.
Topónimos relacionados con la forma
Otros nombres no describen colores ni hacen referencia a leyendas antiguas, sino que retratan con bastante fidelidad la silueta de la montaña.
El macizo de Espadas, por ejemplo, evoca crestas largas y afiladas que recuerdan al filo de una hoja. No hace falta mucha imaginación cuando uno recorre su arista.
Foratata procede claramente de foradada, “agujereada” en castellano, aludiendo a la característica oquedad visible en su estructura rocosa. Aquí la etimología es casi fotográfica.
Algo similar ocurre con Forcanada o Pedraforca, nombres que hacen referencia a la forma de horca o bifurcación de sus cumbres. La propia montaña explica su nombre con solo mirarla.
Más curioso es el caso de Culebras. Podría pensarse que el topónimo guarda relación con la presencia de reptiles, pero lo más probable es que aluda a los estratos retorcidos y sinuosos que serpentean por sus laderas, visibles desde lejos como auténticas “culebras” de roca.
Topónimos de origen latino
La romanización dejó una marca profunda en la toponimia pirenaica, aunque no siempre resulte fácil demostrarla con total certeza. Algunos nombres parecen tener raíz latina o, al menos, haber evolucionado a partir de ella.
- La Munia podría relacionarse con munio (fortificar), evocando su aspecto macizo y defensivo.
- Cotiella se ha vinculado a cos, cotis (piedra), en clara alusión a su carácter rocoso.
- El Turbón podría proceder de turbo (torbellino o tempestad), quizá por su exposición al viento, aunque tampoco se descarta una raíz más antigua.
- Vallibierna suele interpretarse como evolución de vallis hiberna, el “valle de invierno”, donde el ganado pasaba los meses fríos.
En muchos casos, el latín actuó como capa intermedia: adaptó nombres más antiguos o generó otros nuevos que luego evolucionaron en aragonés, catalán u occitano.
La capa más antigua: el sustrato prerromano
Muchos nombres pirenaicos no son latinos ni vascos en el sentido actual. Proceden de un sustrato preindoeuropeo del que apenas conservamos rastros.
Palabras como tuca, garmo, estós, ara o turba podrían hundir sus raíces en lenguas antiquísimas, habladas en la cordillera mucho antes de la romanización.
Durante años algunos autores defendieron un origen ibero-vasco generalizado para buena parte de la toponimia pirenaica. Hoy la filología académica es más prudente: existen influencias aquitanas y vascónicas, sí, pero el mapa lingüístico del Pirineo es bastante más complejo.
Topónimos horarios
En el Pirineo francés son frecuentes las montañas llamadas Midi, como el Midi d’Ossau. “Midi” significa mediodía y suele indicar su posición al sur respecto a una localidad o el momento en que el sol culmina sobre la cima.
También existen ejemplos más explícitos. En el macizo de Cotiella encontramos la Peña de las Diez, Peña de las Once, Peña del Mediodía o Peña de la Una. Sus nombres no son casuales: durante siglos sirvieron como reloj natural para los habitantes del valle, que medían el paso del día observando la posición del sol sobre sus cumbres.
Otros topónimos
El Pirineo está lleno de nombres que, aun siendo menos conocidos, resultan igualmente sugerentes.
- Neouvielle significa literalmente “nieves viejas”, en clara alusión a los neveros persistentes del macizo.
- Bachimala suele interpretarse como “valle rocoso”, descripción bastante ajustada a su entorno mineral.
- Malpas o Maupas no dejan lugar a dudas: “mal paso”, un lugar difícil o peligroso de atravesar.
- En el caso de Anayet, tradicionalmente se ha relacionado con el euskera ahabi (arándano), aunque esta explicación no está completamente confirmada.
- Crabioules procede probablemente del gascón craba (cabra), animal frecuente en esas laderas.
- Bujaruelo podría derivar de buixo (boj), planta abundante en la zona.
Otros nombres son puramente descriptivos o nacen de la experiencia directa del montañero:
- El Paso del Caballo, que debe cruzarse a horcajadas.
- El Pico del Infierno, cuyo acceso abrupto justificaría su nombre.
- El Tempestades, probablemente llamado así por la frecuencia e intensidad de las tormentas en su entorno.
Para saber más
Quien quiera profundizar en la toponimia pirenaica encontrará un terreno tan apasionante como complejo. Algunas lecturas recomendables:
- Francho Beltrán, Pirineo Aragonés: la magia de sus nombres. Una obra divulgativa y cercana, centrada en la toponimia del Pirineo aragonés.
- Fernando Biarge, Grandes picos del Pirineo central. Más allá de la vertiente montañera, ofrece interesantes apuntes históricos y toponímicos.
- Joan Coromines, especialmente en el Onomasticon Cataloniae. Obra de referencia imprescindible para entender la evolución lingüística de muchos topónimos pirenaicos desde el ámbito catalán y occitano.
- Bienvenido Mascaray, El misterio de La Ribagorza y De Ribagorza a Tartessos. Proponen interpretaciones de raíz ibero-vasca sobre la toponimia ribagorzana. Sus tesis no son compartidas por la mayoría de la filología académica actual, pero forman parte del debate y resultan sugerentes para entender otra manera de aproximarse al territorio.
En cuanto a recursos digitales y trabajo de campo:
- El Centro Excursionista Ribagorza, con abundante documentación histórica y cultural del entorno.
- La toponimia oficial recogida por el Instituto Geográfico Nacional (IGN) y el Gobierno de Aragón, que permite consultar denominaciones normalizadas y cartografía actual.
