Cerca de la villa medieval de Aínsa se levanta un pequeño templete que protege la conocida como Cruz Cubierta. Durante años, cuando era apenas un crío y comenzaba a interesarme por la historia del Pirineo, este lugar me parecía casi mágico. Representaba el supuesto origen del Sobrarbe y uno de los relatos fundacionales del antiguo Aragón.
La tradición cuenta que en el año 724, en plena expansión musulmana por la península, un grupo de cristianos se reorganizó en estas montañas para resistir. La leyenda sitúa al frente a Garci Ximénez, personaje envuelto en más mito que realidad, al que durante siglos se consideró el primer rey del Sobrarbe.
Según el relato, antes de una batalla decisiva en las inmediaciones de Aínsa, apareció una cruz luminosa sobre una carrasca. Aquella visión habría insuflado ánimo a los combatientes cristianos, que terminaron imponiéndose. De esa imagen, la cruz sobre el árbol, nacería no solo un símbolo, sino también el propio nombre de Sobrarbe.
Hoy sabemos que la historia mezcla tradición, propaganda medieval y construcción simbólica. No existen pruebas sólidas de que el llamado “Reino de Sobrarbe” existiera como tal en el siglo VIII. Muchas de estas narraciones fueron recopiladas siglos después, cuando el Reino de Aragón necesitaba reforzar su legitimidad histórica.
Sin embargo, más allá de su veracidad histórica, la leyenda dejó una huella profunda. La cruz sobre la carrasca pasó a formar parte de la simbología aragonesa y todavía hoy ocupa un lugar destacado en el escudo de Aragón. Es un ejemplo perfecto de cómo mito e identidad pueden entrelazarse hasta volverse inseparables.
Cada dos años, la villa de Aínsa revive esta tradición con la representación de La Morisma, una recreación popular que llena la plaza mayor de trajes, espadas y memoria colectiva. Más que una simple escenificación, es una forma de mantener viva una historia que, real o no, forma parte del alma del territorio.
Hoy, con el paso del tiempo y después de muchas rutas por estas montañas, veo aquella leyenda con otros ojos. Ya no la entiendo como un hecho histórico literal, sino como un relato que ayudó a dar sentido a un territorio duro, fronterizo y lleno de carácter. El Sobrarbe no nació únicamente de una batalla; nació de su gente, de su geografía y de siglos de resistencia en el corazón del Pirineo.
Quizá por eso este pequeño templete junto a Aínsa sigue llamando la atención. No solo recuerda una vieja historia medieval, sino también el momento en el que muchos empezamos a mirar nuestras montañas con curiosidad y orgullo.