Netú, el coloso de los Pirineos
Hace miles de años, cuenta la leyenda que la diosa Pyrene encendió una inmensa hoguera cuyo fuego ardió durante siglos. De aquellas cenizas surgieron las montañas que hoy conocemos como los Pirineos. Entre rocas escarpadas comenzaron a brotar riachuelos, formando ibones que brillaban como estrellas; verdes praderas se extendían hasta el horizonte y gigantescas cimas parecían morder el cielo. En invierno, la nieve cubría todo con su manto blanco, dando lugar a poderosos glaciares y travesías temidas por generaciones.
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El gigante Netú y el valle de Benasque
En aquellas fértiles praderas pastaban grandes rebaños, pero también habitaban seres de tamaño y fuerza prodigiosa: los gigantes. En el valle de Benasque se instaló el más temido de todos, Netú. Su ferocidad sembró el terror entre los pastores de Sesué, Villanova y Benasque. Aquel que se cruzaba en su camino desaparecía para siempre, y poco a poco las gentes comenzaron a temer las montañas.
Un día llegó al valle un humilde peregrino. Vivía de la limosna y de pequeños trabajos, pero irradiaba una bondad que conquistó el corazón de los vecinos. Decidió cruzar la cordillera siguiendo el curso del río Ésera, pese a las advertencias de quienes aseguraban que Netú acabaría con él.
El encuentro en las alturas
A medida que ascendía, el agua y la comida escaseaban. Exhausto, divisó un rebaño de cabras en un prado de altura. Al acercarse, emergió de entre las rocas una figura enorme, cubierta de largos cabellos y aspecto salvaje: era Netú.
El gigante lo observó con ojos oscuros y fríos como la noche. El peregrino, apenas en pie, pidió un poco de agua. Netú soltó una carcajada que retumbó en todo el valle y le negó cualquier ayuda. «Aquí solo sobreviven los fuertes», bramó mientras golpeaba el suelo con su enorme bastón de madera.
El viajero, lejos de mostrar miedo, alzó la mirada con serenidad. «No es la fuerza lo que engrandece a un ser, sino su corazón», respondió. Y entonces pronunció unas palabras que cambiarían la historia del valle: «Si tu corazón es tan duro como la piedra, que en piedra te conviertas».
Un silencio absoluto cubrió la montaña. El viento se detuvo. Las cabras huyeron despavoridas. Netú intentó moverse, pero sus pies comenzaron a hundirse en la tierra. Sus piernas se tornaron grises, ásperas; su torso se agrietó como roca partida; su rugido se convirtió en eco eterno entre las cumbres.
En cuestión de instantes, el gigante quedó inmóvil. Su cuerpo se elevó hacia el cielo, endureciéndose hasta transformarse en una colosal mole pétrea. Sus hombros formaron crestas, su espalda dio lugar a aristas afiladas y su cabeza quedó coronada por las nieves perpetuas.
Así nació el coloso de los Pirineos, la montaña que hoy conocemos como el Aneto. Dicen que cuando el viento sopla con fuerza en el Paso de Mahoma aún puede escucharse el lamento petrificado del gigante, condenado a vigilar eternamente el valle que un día aterrorizó.
Y el peregrino… desapareció tan misteriosamente como había llegado. Algunos aseguran que era Dios; otros, que fue simplemente la justicia tomando forma humana.
Del mito a la realidad: el Aneto hoy
Más allá de la leyenda, el Aneto es la cima más alta de los Pirineos, con 3.404 metros de altitud. Se alza majestuoso sobre el valle de Benasque y forma parte del macizo de la Maladeta. Durante siglos, su glaciar ha sido uno de los más emblemáticos de la cordillera, aunque en la actualidad sufre un notable retroceso debido al cambio climático.
Si alguna vez has soñado con alcanzar esta cima mítica, puedes consultar nuestra guía completa de la
ruta al Aneto (3404 m), donde encontrarás información detallada sobre el itinerario clásico desde la Besurta, el paso por el Portillón Superior y el famoso Paso de Mahoma.
Mito y montaña
Las leyendas nacen para explicar aquello que la ciencia aún no podía comprender. Hoy sabemos que los Pirineos se formaron por el choque de placas tectónicas hace millones de años, pero el imaginario popular prefirió ver gigantes petrificados, diosas y héroes dando forma al paisaje.
Quizá, cuando contemples el Aneto al amanecer y la luz tiña de rojo sus laderas, puedas imaginar el perfil dormido de Netú vigilando eternamente el valle. Porque en los Pirineos, la frontera entre mito y realidad es tan fina como el filo del Paso de Mahoma.